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Saturday, 4 August 2012

Из России с любовью (V): ...but I'm still not like that.

El sonido de las llaves en la puerta cuando Dima volvió del turno de noche en la redacción a eso de las 8 de la mañana no me sacó de mi sueño profundo, un sueño en el que se me aparecía el Halcón Altanero herido y la dulce muchacha enamorada de él que fue a buscarlo hasta el fin del mundo calzando botas de hierro y alimentándose de pan de piedra. Desperté poco después, y Dima estaba acostado a mi lado, con la respiración ligera de quien lleva poco tiempo durmiendo. Quería levantarme y seguir explorando la ciudad. No quería despertarle. Durante un rato, quizá dos minutos, quizá muchos más, me quedé tumbado junto a él. Tenía ganas de poner mi mano en su pecho, o sobre la suya...

No entendía por qué, pero me costaba un esfuerzo titánico. Había algo en Dima que no alcanzaba a comprender, y que a día de hoy todavía nunca he sido capaz de descifrar; un algo difícil de describir, como una frialdad perpetua que se derretía fugazmente en forma de sonrisa pasajera o de mirada furtiva. O como una especie de distancia gélida que, sin embargo, ocultaba una hospitalidad y amabilidad inesperadas. Quizás simplemente la consecuencia de una sociedad en la que ciertos sentimientos deben habitar bajo el hielo; como los peces en el Ártico, que viven, comen, respiran y sienten debajo de una capa de un metro de agua congelada.

Me armé de valor y le tomé suavemente de la mano. No sin cierto alivio noté cómo él apretaba la mía, sin abrir los ojos. Era una mano cálida, no había en ella ni un atisbo de frialdad. Y, sin embargo, sobre mí seguía pesando cada vez más la enorme distancia que nos separaba, pese a encontrarnos apenas a centímetros el uno del otro. Lugares distantes y vidas separadas, unidas fugazmente por capricho del azar. Recordé sin poder evitarlo aquella primera noche en Berlín: un encuentro casual, sin mayores pretensiones; un paseo por Mitte para romper el hielo; una invitación desenfadada a casa, como quien no quería la cosa, pero con plena consciencia del final que yo deseaba para la película; et enfin, la pasión desatada. Yo estaba convencido de que él se marcharía a la mañana siguiente y seguiríamos siendo dos perfectos extraños a quienes el instinto animal había unido por una noche. Pero el reloj hacía tic tac y Dima seguía abrazado a mí. Y más tarde bebíamos gluhwein en el mercado navideño de Charlottenburg. Y todavía más tarde comíamos en el restaurante de Hackescher Markt que está debajo de los arcos del S-Bahn. Y dos perfectos extraños que habían dejado de ser tal recorrían las frías calles de Berlín, hablando de todo y de nada, disfrutando el simple placer de estar el uno al lado del otro. Y aquél turista ruso no pasó su última noche sólo en su hotel. Y ese mismo turista ruso tuvo alguien de quien despedirse cuando subía al Airport Express que salía de Alexanderplatz a las 6.30 de la mañana siguiente. Y el que se quedó en ese mismo andén pensó, mientras caminaba hacia la Universidad de Humboldt en una gélida mañana cuya luz empejaba a reflejarse en la Fernsehturm, que alguien con quien pasas 40 mágicas horas del tirón debe de ser algo más que un extraño.

¿Pero qué era ese "algo más"? Tres meses después, acostado junto a Dima en el sofá soviet kitsch, aún no lo sabía. Como tampoco lo supe en enero, cuando él vino a visitarme por segunda vez a Berlín. Sólo tenía la fuerte sensación de que no estábamos tan cerca en Moscú como lo habíamos estado aquél primer fin de semana en Berlín. La distancia física era la misma, pero algo más inabarcable e invisible parecía querer separarnos.

Por fin Dima abrió los ojos. Rondaban las 11 de la mañana y, al parecer, él ya había dormido suficiente. Mientras desayunábamos me eché una reprimenda mental por darle tantas vueltas a la cabeza: era completamente impensable salvar una distancia que estaba ahí, mal que me pesara. No podía pasar nada entre Dima y yo, aunque quisiéramos, mientras él estuviera en Moscú y yo en Berlín. Y no digamos ya para cuando tuviera que volver a España... El pensamiento de abandonar Berlín me sacudió las tripas como una descarga eléctrica, pero sirvió para devolverme al aquí y ahora, al carpe diem: estaba en Moscú, en compañía de un amigo que me había acogido en su casa sin esperar a cambio y que me estaba enseñando la ciudad y compartiendo parte de su vida conmigo. ¿Tanto importaba si Dima era un amigo, un conocido, o algo más? No tenía sentido seguir haciéndose preguntas peligrosas. Lo que sí tenía sentido era coger la línea de metro Kaluzhsko-Rizhskaya y poner rumbo al Museo de Cosmonáutica.

Nos bajamos en la estación VDNKh (ВДНХ), un nombre que por su historia merece explicación. La estación sirve al mayor recinto ferial de Rusia, el Centro Panruso de Exposiciones (aunque la palabra "panruso" es tan fea que me quedo con el nombre en ruso: Всероссийский выставочный центр). Este enorme complejo acogió, desde finales de los años 50, la Exhibición de los Logros de la Economía Nacional de la URSS (en ruso, Выставка Достижении Народного Хозяйства, ВДНX). La exhibición mostraba los mayores logros tecnológicos, agrícolas y científicos de la Unión Soviética: cada república soviética tenía su propio pabellón, cada cual una mayor muestra de eclecticismo soviet kitsch con incorporaciones propias de cada una de las repúblicas. Fue tal el poderío y la importancia de la exhibición que todavía hoy los moscovitas se refieren al lugar como ВДНХ (pronunciado algo así como "vedenkhá") y la estación de metro ha mantenido esa denominación.

Nos dio la bienvenida uno de esos colosos de bronce que abundan en Moscú: la figura de un hombre corriendo contra el viento enarbolando en su mano izquierda un martillo y una hoz. Más allá de la entrada al centro de exposiciones, espléndida y lúgubre al mismo tiempo, la oscura silueta de la Torre Ostankino se proyectaba contra el cielo encapotado. Con más de 540 metros de altura, esta torre de telecomunicaciones es la estructura más alta de Europa y una de las mayores del mundo. Las nubes grises parecían arremolinarse en torno al inmenso pirulí a medida que nos acercábamos a la entrada del ВДНХ, enfrente de la cual se encontraba el Museo de Cosmonáutica.

¡Y qué entrada tan fastuosa, soberbia, pantagruélica! ¡Soviética! Una espectacular mole grisacea de columnas de planta cuadrada, con escenas agrícolas labradas en sus blancos capiteles. Y en lo más alto del arco central, en pose y actitud victoriosa, enarbolando una inmensa gavilla de trigo, las gigantescas figuras de bronce de la campesina sovkhoz y el conductor de tractores saludan a la muchedumbre que visita el complejo. Quién me iba a decir a mí que, escasas semanas más tarde, estaría estudiando el  ВДНХ que se extendía frente a mí a través de aquella descomunal entrada desde el punto de vista de las vanguardias artísticas rusas en un seminario de la Universidad de Humboldt...



Lástima que el caprichoso frío siberiano quisiera ser, un día más, el centro de atención, y el día no se prestaba mucho a caminar al aire libre por el ВДНХ por muy admirables que fueran los edificios que albergaba. La idea de meterse al Museo de Cosmonáutica resultaba más atractiva por ese pequeño detalle de poder estar bajo techo. Un pequeño gran detalle cuando la temperatura es de -20 ºC. Tengo que reconocer que el museo tampoco me resultó excesivamente interesante; cualquiera lo diría, ya que no soy precisamente uno de esos que viven con los pies pegados al suelo. Pero siempre he creído que la conquista del espacio no es más que el reflejo de un incansable instinto colonizador de imponer el modo de vida de una comunidad más o menos amplia a otra, que siempre se considerará inferior. Solemos imaginar a los marcianos o los venusinos como extraños seres babosos y escamosos con muchos ojos y más patas de lo normal, con cerebros muy grandes o tentáculos que les salen de sitios raros, con muy mala leche o medio-místicos en plan psicodélico. Y quién sabe si nosotros mismos no somos realmente células o partes integrantes de un ser más enorme e incomprensible de lo que nuestros pequeños cerebros serán jamás capaces de imaginar. O si no somos más que un sueño de Antonio Resines...

Con todos mis respetos a Yuri Gagarin, faltaría más. ¡Y que se jodan los americanos! Sí, básicamente es esa la principal narrativa que se sacaba del Museo de Cosmonáutica; cada logro soviético se remarcaba y alababa como un indiscutible triunfo de la Madre Rusia sobre el capitalismo yankee. Imperialismo vs Imperialismo, en definitiva. Y, por alguna razón absurda, me parecía menos terrible desde la perspectiva soviética... Es lo que tiene un corazón teñido de rojo sangre que palpita al son del soviet kitsch. 

Rondaba la hora del té cuando Dima y yo salimos del museo. Él tenía que cubrir la tarde en la redacción del canal de noticias, así que yo había quedado con Anya Khokhriakova, otra de las chicas rusas que conocí en Heidelberg. Con tiempo de sobra tomé la línea Kaluzhsko-Rizhskaya hasta la Avenida de la Paz, Prospekt Mira. Hm, este nombre me suena... ¿No lo he visto por el Google Maps por alguna buena razón, hace ya tiempo? ¿Qué estaba mirando yo por esta zona que me pudiera interesar? ¡Anda, pues claro! ¡Si estaba a tiro de piedra del Estadio Olímpico de Moscú! Aún quedaba más de media hora para que llegase Anya, tiempo de sobra para acercarse a echar un vistazo.

Solemos imaginar los estadios modernos situados a las afueras de las grandes ciudades, en grandes explanadas rodeadas de poca cosa. Nada más lejos de la realidad si hablamos del Olimpiskiy moscovita, situado prácticamente en el centro de la ciudad y rodeado de edificios y calles muy transitadas. Y llegados a este punto el buen lector podrá preguntarse si quien estas lineas escribe es tan adicto a los Juegos Olímpicos como para acercarse con un frío siberiano a contemplar un antiguo estadio de los años 80 no precisamente afamado por su bella arquitectura. Bien, no negaré que me hacen ilusión las Olimpiadas y que disfruto especialmente las vistosas ceremonias de apertura que monta cada país en el intento de mostrar lo mejor de sí mismos, pero los motivos que me traían al Olimpiskiy eran bien distintos. Aquella tarde gélida me acerqué a aquél rincón de Moscú para contemplar la que fuera sede del Festival de Eurovisión de 2009, uno de los mejores de la historia reciente del festival en cuanto a nivel musical y despliegue de medios por parte de los soviéticos anfitriones. ¿Turista de bofetón? ¿Sí? Tal vez. Me la pela. Yo iba de aquí a allá tan feliz sacando fotografías del estadio e imaginando como sonarían en él algunos de los inolvidables temas de aquél año: la artificialmente pacifista pero encantadora There must be another way de Noa y Mira Awad por Israel, la dulce It's my time de Jade Ewen que catapultó a Reino Unido al top 5 tras años de resultados pésimos, la antémica y veladamente pro-comunista Bistra voda de Regina que me enamoró de Bosnia-Hercegovina, la inolvidable y sentida anfitriona rusa Mamo de Anastasia Prikhodko, o la elegantísima y exquisitamente francesa Et s'il fallait le faire de la diva Patricia Kaas. Todas ellas resonaban en mi cabeza y en mi iPod mientras oscurecía en torno al estadio y se acercaba la hora a la que había quedado con Anya en la estación de metro.

Anya y yo fuimos a tomar un café desgangrenante a una cafetería muy elegante en la propia avenida. Igual que cuando me encontré con Rita y Sasha un par de días antes, me invadió esa agradable sensación de pensar que el mundo, o al menos el continente, parecía encoger con el paso del tiempo. Me reconfortaba como una taza de chocolate caliente que el hecho de encontrarme con un conocido a miles de kilómetros de donde nos conocimos por vez primera empezara a convertirse en una constante en mi vida, cada vez más itinerante. Nuestra conversación giró en torno a Rusia y las diferencias enormes que existían con Europa. Me sorprendía la fascinación con la que la mayoría de rusos, Anya incluida, se referían a Europa como una realidad soñada, a la que Rusia no terminaba de pertenecer, de manera parecida a cómo los europeos podríamos pensar hace unos años en el cacareado "sueño americano". No me sorprendió demasiado, en cambio, cuando me contó una anécdota para ilustrar cómo funcionan las cosas en la Madre Rusia. Se me dibujaba una sonrisa cínica y triste mientras me contaba el inacabable papeleo que se vio obligada a rellenar cuando quiso cambiar de habitación en su residencia de estudiantes, ya que la suya se caía a trozos. Tras meses de papeles inútiles y estériles quejas a grito pelado con la encargada, la madre de Anya trajo de la dacha dos tarros enteros de mermelada casera para los mandamases de la residencia. Anya consiguió la mejor habitación de la residencia en cosa de dos días. Para mi que cuando se busca la palabra "soborno" en la enciclopedia, en medio de la definición tiene que aparecer por algún lado la bandera rusa.

Cuando me despedí de Anya ya había anochecido y el frío había arreciado hasta alcanzar su máximo esplendor nocturno. No me apetecía volver a casa todavía, de modo que volví a acercarme al Olympiskiy, pirog de cerezas amargas en mano. De noche, iluminado en tonos amarillentos, resultaba aún más imponente. Mientras lo rodeaba por última vez, recordé que no lejos de allí se encontraba el Teatro del Ejército Ruso, célebre por su planta en forma de estrella roja soviética. Se me antojaba acompañar el pirog con un último bocado de soviet kitsch del auténtico, de modo que me dirigí hacia allí. No tardé en llegar, ayudado por las indicaciones que torpemente le pedí a un transeúnte, mientras en mi iPod sonaba la versión del Ejército Rojo de la Katyusha. Envuelto en las sobras de la noche, el Teatro no presentaba su faceta más majestuosa pese a la ostentosa iluminación. Deseé tener un helicóptero o unas alas rojas para poder observar desde el cielo nocturno su forma de estrella mientras escuchaba la Katyusha y, a continuación, el Himno de la Unión Soviética. Seguía recreándome en toda la iconografía soviet kitsch y disfrutando de ello como si el espíritu de Lenin se hubiera apoderado de mí.




Una hora más tarde, de vuelta en el apartamento, me invadían sentimientos diversos mientras Dima y yo nos preparábamos para salir de fiesta. La parte más alocada de mí, esa que tantas alegrías y disgustos me ha dado y me sigue dando, se moría de ganas de conocer la clandestina escena gay de una ciudad grande para algunas cosas y minúscula para otras como es Moscú. La parte más juiciosa, concienzuda y tocapelotas insistía en preguntarse qué necesidad tenía de ir a ningún sitio de ambiente si estaba con Dima. Me volvia a asaltar esa misma sensación impertinente de que los sitios de ambiente sólo sirven para ir a ligar y que la gente con pareja o algo-parecido-a-una-pareja debería tener vetada la entrada, ya que las parejitas no hacen más que poner envidioso al personal o ponerse los cuernos mutua y descaradamente. Tamaña chorrada, desde luego. Y, sin embargo, ahí estaba, dando por saco en mi cabeza. Con todo, Dima me había pintado demasiado bien esa discoteca como para querer perderme esa noche. Ya antes de llegar a Moscú había oído todo tipo de historias acerca del clandestino ambiente moscovita, de cómo los locales gays, prácticamente una mafia en sí misma, se veían obligados a cambiar de ubicación con cierta frecuencia ante el peligro de posibles redadas policiales. Poco importaba que la homosexualidad hubiera sido despenalizada tras la caída de la Unión Soviética, la percepción social en la mayoría de las repúblicas seguía siendo bastante cavernícola, y ver a dos hombres cogidos de la mano o besándose en la calle bien podía aún ser motivo de una paliza por parte de borrachos desequilibrados o hasta de una noche en el calabozo. Pese a la indignación y el asco que me producía ser consciente de esto, no podía dejar de sentir un cierto subidón de adrenalina ante ese componente de clandestinidad, de secretismo, de rozar lo prohibido. Y ahora tenía la ocasión de vivir esos momentos de clandestinidad.

Quizá por eso mi primera impresión al entrar al mencionado sitio, cerca de la estación de Komsomol'skaya, a través de una especie de pasaje subterráneo flanqueado por dos maromos en ajustadísima camiseta de tirantes marcapezones, fue de cierta decepción; a simple vista nada diferenciaba el Central Station de los muchos y clónicos bares de ambiente que se pueden encontrar por toda Europa. Pero eso era, por supuesto, a simple vista. El Central Station era mucho más de lo que cabía suponer por su ratufa entrada. El primer piso estaba montado en plan café-teatro, con una barra, un escenario, y varias mesas horterillas sobre una tarima. En una sala aledaña, había un karaoke a precios prohibitivos en el que cada canción que pedías se cobraba a la friolera de 200 rublos (5 euros). La gran ventaja: semejante sablazo mantenía alejados a los emblemáticos borrachos de karaoke y realmente sólo salía gente que sabía, al menos, dar el tono adecuado. Ante la mirada de incredulidad de Dima y de la mía propia, que no podía creer estar pagando dinero por destrozar públicamente una canción en un karaoke, salí con toda mi ingenuidad de guiri despreocupado al escenario a emular aquella inolvidable noche tradocvisiva en la que, junto con mi amor platónico y fantasía sexual recurrente, destrozamos la canción eurovisiva rusa de 2009, la melancólica Mamo de Anastasia Prikhodko. En mi defensa diré que aquella noche en el Central Station se me dio bastante mejor la cosa, aunque sólo fuera por amortizar los 200 rublos. Por su parte, Dima dejó los reparos en el suelo y salió a defender muy dignamente su canción fetiche, el Viva la vida de Coldplay.

No tardó en hacer su aparición en el escenario del café-teatro una flamboyante drag-queen entradita en años que parecía haberse quedado sin ropa antes de la actuación y se había envuelto en las cortinas de terciopelo rojo de casa de su babushka. Apenas entendía nada de lo que decía, en un ruso que se me antojó muy poco estándar, salvo en un momento en que llamó idiotki entre risotadas de diva fatua a uno del público que, al parecer, le había soltado una vulgaridad sin mala intención. Yo contemplaba el espectáculo, como tantas otras veces me había sucedido, con una media sonrisa, sin sentirme completamente integrado entre el público, como si lo viera desde un televisor en el que el público formaba parte del show: me fascinaba a la vez que me intrigaba el hecho de que los gays necesitemos una especie de mamá en los locales de ambiente, ya sea una drag o una obesa celulítica ajada de arrugas, para sentirnos a gusto. Y como tantas otras veces se apoderó de mí esa sensación de estar en un ghetto por elección propia, de estar formando parte de un universo paralelo lleno de brillantina, afeites y artificios, donde todo el mundo lleva una máscara más o menos visible, pero nadie es quien aparenta. Y una vez más, me pareció estar en una encrucijada entre elegir ser yo mismo y sentirme como un pulpo en un garaje o abandonarme a esa frivolidad y colgarme una máscara de alcohol y falsedad. Hasta entonces, la segunda opción no me había traído más que resacas varias y algún que otro disgusto; aún así, a veces no podía resistirme, incluso amén de una irrefrenable sensación de but I'm not like that.

Mientras una comitiva de drag-queens desfilaba por el escenario liderada por la divina pajarraca envuelta en terciopelo rojo, yo dejaba que el alcohol a precios prohibitivos de discoteca moscovita fuera haciendo su efecto. Que me perdonen los entendidos del tema, pero a mi modo de ver, las drags son un poco como la mayoría de bares de ambiente: vista una, vistas todas. Quizá la segunda planta tuviera algo más interesante que ofrecer... Ehm, buen intento. Una nube de humo blanco distorsionaba los haces de rayos láser mientras retumbaba el último grito ruso-bakala del momento. Vale, ya me voy aclarando: primera planta, lokas; segunda planta, musculokas. Aquí el 90 por ciento de la gente bailaba sin camiseta, exhibiendo cuerpos esculturales de gimnasio. Dos gogós en bóxers bastante reveladores bailaban en sendas plataformas elevadas, y una vez más me dio la impresión de que los gogós en los bares de ambiente están como puede estar la bola giratoria de espejos, porque tampoco parece que nadie les preste especial atención. Bueno, igual eso me parece a mí y luego en cuanto bajan de la plataforma les llueven números de teléfono. O invitaciones mucho más directas a la trastienda o cuarto oscuro de rigor. Nothing of my business.

A la vista está que entre loka y musculoka tiro más, aunque tampoco mucho, por loka, así que me volví a la planta primera con Dima y sus amigos, que habían vuelto a la sala de karaoke, donde a pesar del rublazo por canción empezaban a notarse las borracheras varias de los consumidores y ya se veían escenas y se escuchaban notas escandalosas que no hubieran estado de más en cualquier karaoke de barrio de Motilla del Palancar, con las chatunguis de turno destrozando alguna de Pimpinela. A estas alturas de la noche, el subidón de vodka y Jägermeister empezaba a bajarse a la vejiga, de modo que me dirigí a los servicios, sin saber que aún me faltaba por descubrir una zona más del infame Central Station. 

Fue relativamente fácil encontrar la entrada a los servicios. Lo que no fue tan sencillo fue encontrar la salida. El recuerdo de los momentos que siguieron a esa inicialmente inocente visita a los servicios es, más de un año después, de todo menos lúcido, pero la cuestión fue que salí por un sitio por el que no había entrado. En un principio achaqué la confusión al exceso del alcohol del momento, pero hasta donde yo sabía, el alcohol no hacía que las luces bajaran de intensidad espontáneamente. Como mucho te nublaba la vista, pero no te la ennegrecía. Y de pronto yo me encontraba en un sitio en que apenas podía distinguir mis manos delante de mí. Tardé unos segundos en escuchar el eco ahogado de la música que llegaba del café-teatro mezclado con el inconfundible sonido de la respiración agitada de alguien que se encuentra expectante ante un placer físico. Algo me decía que en ese cuarto oscuro no se revelaban fotos precisamente. Una inexplicable chispa de curiosidad mese encendió en mi cabeza y me invitó a adentrarme más, mientras que mi Pepito Grillo particular me recordaba gritándome al oído que no había venido sólo. Me daban ganas de agarrarle por el pescuezo y recordarle a ese impertinente Pepito Grillo que, tal y como me había dado cuenta esa misma mañana, mi relación con Dima era en esos momentos de todo menos clara, y que tenía completa libertad de moverme a mi aire. Y también me daban ganas de agarrarme a mí mismo por el pescuezo y sacarme a rastras de aquél lugar en el que me había metido por pura e irónicamente inocente casualidad.

No recuerdo exactamente cuánto duró aquella disputa mental que me dividió en la oscuridad de aquella dark room en el corazón de Moscú. Tampoco recuerdo con claridad si algo ajeno a mi voluntad o acorde con ella llegó a ocurrir en el transcurso de esa disputa mental. O quizás lo que ocurre es que no quiero recordarlo. Sea como fuere, lo que ocurre en un cuarto oscuro se queda en un cuarto oscuro. Cuando por fin recobré el sentido común, volvía a encontrarme en medio de aquél universo multicolor y chispeante de lokas, camareros descamisados con pajarita y música kitsch. Dima seguía donde le había dejado, en el karaoke, divertido ante el desfile de esperpentos que seguían profanando canciones bajo los dictados del alcohol. Los minutos transcurrieron sin que apenas me diera cuenta mientras mis pensamientos se arremolinaban en mi conciencia y me hacían sentir como si hubiera hecho algo de lo que debiera arrepentirme, si bien una certeza de todo menos cierta parecía indicarme con la boca chica que no era sí. Dima me sacó de mi ensimismamiento a eso de las 5 y pico de la mañana, cuando el karaoke agonizaba casi vacío y la troupe de lokas de la planta baja ya se había dispersado casi por completo. Con las primeras luces de la mañana, un trolebús nos llevó por calles sucias y salpicadas de vagabundos y los últimos supervivientes de la noche hasta el apartamento de Dima.

De vuelta al abrigo del sofá-cama, Dima se durmió casi de inmediato. Yo meditaba, mientras la luz entraba cada vez más con más fuerza entre las rendijas de las polvorientas cortinas del apartamento. ¿Me había llevado demasiado lejos el carpe diem al que me había abandonado aquella misma mañana? ¿O era una especie de odioso despecho disfrazado de curiosidad, alimentado por las dudas, el que me había impedido abandonar el cuarto oscuro en el mismo momento en que entré? Esos inquietantes pensamientos revolotearon sobre mi cabeza hasta que el alcohol y el cansancio se hicieron cargo de la situación y me hicieron caer en un sueño pesado e intranquilo.

Monday, 17 October 2011

Из России с любовью (III): Burrocracia soviética

Cuando desperté, Dima estaba al ordenador leyendo su correo electrónico. Estaba bien entrada la mañana y mi amigo me dijo que tenía que ir a partir de las 14 a la Embajada de Alemania para recoger su visado, pues planeaba viajar a Berlín en abril, y me preguntó si no me importaba acompañarle o si prefería hacer otra cosa por mi cuenta. Puesto que se trataba simplemente de pasar a recoger el pasaporte pensé que mejor sería ir con él. El boletín matinal, sin embargo, no acabó ahí: Dima me recordó que todavía tenía que registrarme oficialmente como inmigrante-turista en Rusia, y que sería mejor hacerlo sin falta aquella misma mañana si no quería tener problemas. Ay, ingenuo de mí, yo que creía que con todo el tinglado del visado y con la tarjeta de inmigración que me habían sellado en la aduana tenía más que suficiente... El día se presentaba cargadito, así que me duché y vestí rápidamente y nos pusimos en camino. Dima dijo que lo mejor sería coger la marshrutka hasta la estación Cherkizovskaya, en la línea roja, para evitarnos transbordos.

Avanzamos unos metros al salir del portal soviet kitsch y nos detuvimos en un punto de la calle en el hacían cola 4 personas. Al principio me pregunté por qué clase de ciencia infusa sabía la gente que ahí había una parada de autobús, porque no había ninguna marquesina ni poste informativo; todo lo que había era una señal azul con el un logotipo que parecía más una furgoneta que un bus. No habían pasado ni 3 minutos cuando frente a la cola se detuvo una especie de furgón muy sucio en cuyo parabrisas colgaba un cartel con un número. Me quedé de piedra y media cuando Dima me hizo un gesto para que subiéramos. Al entrar y ver el interior del vehículo, me dio por pensar que si los autobuses fueran anfibios éste todavía estaría en una fase muy primitiva de renacuajo: había un par de barras verticales para que la gente se agarrase, algunos asientos colocados de forma bastante arbitraria (bastante cómodos, eso sí) y un diagrama muy básico de la ruta pegado a la ventanilla. Los viajeros subían, cogían sitio y luego pasaban los 25 rublos que costaba el billete (unos 60 céntimos) hacia adelante hasta que llegaran al conductor. Me avergoncé ligeramente de mí mismo cuando me sorprendí pensando con cierta culpabilidad lo fácil que resultaría colarse de gorra con ese sistema, y pensé con amargura en que si estuviera en un grupo de españoles, seguramente caería en la tentación de no pagar. Cuando el "autobús" se puso en marcha no pude evitar transmitirle mi sorpresa a Dima, que me explicó que el vehículo era una marshrutka, un tipo de transporte público muy habitual en los países de la antigua CCCP, un poco basado en la línea comunista de los taxis compartidos. Lógicamente también había un sistema de autobús "normal" en Moscú, pero por lo general resultaba mucho más lento y llegaba a menos sitios que la marshrutka. Me pregunté en silencio si la supuesta rapidez de la marshrutka esa compensaría la cantidad de botes y tumbos que daba el puñetero furgón o si simplemente habíamos tenido mala suerte con ese conductor en concreto.



Tras un corto trayecto en la marshrutka tomamos la linea roja del metro y llegamos a Prospekt Vernadskogo, donde otro autobús en fase renacuajo nos acercó hasta la Embajada alemana. Aquél corto trayecto en furgobús sucio me confirmó mis sospechas: en Moscú era normal conducir como si no hubiera un mañana. Tampoco ayudaba el hecho de que las calles, muchas de ellas posiblemente pavimentadas hacía relativamente poco, estuvieran llenas de bache y de placas de hielo.

Después de muchos tumbos e improperios en ruso ininteligible que el conductor de la marshrutka gritaba a todos los demás conductores llegamos a la Embajada alemana. ¿Había dicho que se trataba "simplemente" de recoger el pasaporte? Permitidme omitir el "simplemente": la cola que había delante de la ventanilla de la sección consular podría hacer pensar alguien estaba regalando diamantes detrás del cristal blindado. Pero además había un procedimiento totalmente sencillo y claro para dar el turno: cada persona que llegaba a la cola recibía un numerito de color rojo, azul, verde o amarillo, y el oficial de la ventanilla llamaba números y colores de manera completamente lógica y esperable; es decir, cómo le salía de las santas vergüenzas. Visto el panorama y que con el frío que hacía me apetecía de todo salvo guardar una cola flanqueada por policías rusos con cara de mala balalaika, le dije a Dima que si no le importaba me iría a dar una vuelta y volvería en un cuarto de hora. Según me alejaba con una sonrisa irónica no podía pensar en otra cosa que no fueran los papelitos celeste o rosa del sketch de Antonio Gasalla (no os lo perdáis e imaginaros esto mismo pero en ruso y en la calle, rodeados de nieve):


Hacía tanto frío que no tardé en meterme a curiosear en el primer universam que encontré. Un universam viene a ser lo mismo que un supermercado, o al menos así era en Rusia hasta que tras la perestroika les dio por importar la palabra supermarket al mismo tiempo que las grandes cadenas de hipermercados, de modo que los universam son ahora más bien tiendas de ultramarinos o supermercados de barrio. Como si de alguna suerte de tonto pseudo-exotismo se tratara, me hacía bastante ilusión observar los productos típicos rusos, las etiquetas en cirílico, cómo el diseño gráfico de las marcas difería de aquellas a las que estamos acostumbrados, ver la lista de ingredientes de un paquete de galletas cualquiera y pensar que, si nosotros aprendimos de niños nuestras primeras palabras en francés, portugués o italiano leyendo esos paquetes, los rusos pueden aprender sus primeras palabras en kazajo, georgiano, armenio o azerí... Para rematar ese momento soviet kitsch, en el universam tenían puesta en el hilo musical a Alla Pugacheva, la gran diva de la música rusa, una especie de Rocío Jurado a la soviética que ocupa uno de los primeros puestos en mi lista de placeres culpables musicales. Puesto que ir a un supermercado de barrio exclusivamente para hacer turismo me parecía cuanto menos bochornoso, decidí comprarme una barrita de cereales y un litro de zumo para los desayunos en casa de Dima. Una barrita de cereales. A veces me sorprendo de mi propia originalidad...

Cuando volví a la Embajada le había tocado el turno a Dima y no pasó mucho tiempo hasta que se reunió conmigo, con el visado por fin en sus manos, feliz ante la idea de tener la autorización oficial para poder salir del país. Él había quedado con un amigo suyo en el centro, así que cogimos otra marshrutka hasta la estación de metro más próxima. Entre bote y bote dentro de aquél infernal furgobús miré con curiosidad el visado alemán de Dima. El lugar de nacimiento rezaba "Baku (Azerbaiyán)". No me terminaba de hacer a la idea de que Dima hubiera nacido allí. Por fin bajamos de la marshrutka y cogimos la linea roja de metro hasta la estación Lubyanka, sacudida un año antes por un atentado terrorista, en la plaza donde se encontraba la sede moscovita de la KGB. 


Atravesamos Lubyanka y callejeamos un poco hasta llegar al café Propaganda, uno de los pocos lugares abiertamente declarados gay-friendly en Moscú y definitivamente una cafetería muy apacible, con verandas de hierro forjado de estilo art nouveau y unas llamativas vidrieras. Mientras esperábamos a que trajeran el pedido (ensalada de fruta con yogur y miel), Dima sacó el iPhone y comenzó a trastear con cierta aplicación. Dividido entre mi curiosidad y la extrañeza que por aquél entonces me provocaban todavía las aplicaciones para smartphones (puesto que el único móvil alemán que me había podido permitir no habría desentonado en la Edad de Piedra), lancé más de una mirada furtiva y cotilla hacia el iPhone que a Dima no se le escaparon. Con media sonrisa entre divertida y cínica me explicó que esa aplicación detectaba otros gays con smartphone alrededor y los mostraba en la pantalla. Me dijo que Kostya, el chico al que esperábamos, ya aparecía en la pantalla, de modo que estaría cerca ya. Yo por mi parte me quedé helado: el famoso gaydar, que yo creía cierta facultad intuitiva a lo sexto sentido, resultaba ser una aplicación para smartphone. Se me dibujó una triste sonrisa entre fascinada y cínica. Me fastidiaba todo ese afán tecnológico por meter microchips hasta en la sexualidad, y por otra parte me llevaban los demonios por no tener un gaydar en mi teléfono, que sin duda abriría muchas puertas a los tonteos más inesperados (y a la vez prefabricados). 

Tal y como anticipaba el dichoso Grindr, no tardó en llegar Kostya. Unos centímetros más bajo que yo, era rubio, con los ojos de un azul clarísimo y bastante musculado. Guapísimo. Pasamos un rato agradable hablando de viajes (Kostya quería viajar pronto a Bruselas, donde yo había estado de Erasmus, y pude aconsejarle un par de sitios interesantes) y sobre la cantidad de trámites inútiles que hay que hacer para entrar y salir de Rusia. Y precisamente a mí me quedaba todavía uno por hacer. Cuando Kostya se marchó, Dima y yo nos dirigimos a la oficina de correos en Nikol'skaya ulitsa para registrarme en Moscú. 

En la oficina había varias ventanillas para diferentes propósitos. En la ventanilla de inmigración atendía una señora oronda e inmensa, de mediana edad, con cara de no haberse abierto de piernas por lo menos desde la perestroika. Dima se hizo cargo de la situación y yo me dediqué a curiosear distraidamente los expositores con sellos, las listas de prefijos de los diferentes okrugs de Rusia y esa clase de cosas pequeñas sin mayor importancia que me gusta observar en mis viajes. Sin embargo, no tardaron en captar mi atención unos amenazantes gritos en ruso incomprensible que venían del mostrador de inmigración; me volví y vi a la mujer de la ventanilla chillándole furibunda a Dima cosas que yo no alcanzaba a entender. Todo lo que llegué a captar fue que aquella cosa enorme y sebosa de detrás del mostrador graznaba una y otra vez"Ne sdelayu! Ne budu! Ne uspeete!" (¡No lo haré! ¡No lo haré! ¡No le dará tiempo!), agitaba los papeles con rabia y golpeaba la mesa con un puño del tamaño de mi cabeza en los momentos de cabreo intenso. Acojone instantáneo. Lo único que estaba más claro que las aguas del Baikal es que esa colérica elefanta esteparia no estaba por la labor de facilitarnos los trámites. No sabía si acercarme más, intentar preguntar de qué iba la cosa o simplemente callar e intentar confundirme con la pared. Dima guardaba la calma y seguía intentando que la funcionaria le diera los papeles, pero por mi cabeza habían empezado a desfilar las más absurdas y paranoicas teorías: que se me había pasado el plazo para registrarme y que esa bola de sebo soviético iba a llamar a la policía para que me deportaran, que habría que sobornarla con caviar de Beluga y mucha nata agria para que se calmara, o que ni siquiera llamaría a la policía, que ella misma me mandaría a un gulag siberiano de un mamporro... Finalmente vi con cierto alivio cómo Dima se alejaba del mostrador, afortunadamente ileso, se sentaba en una mesa y empezaba a rellenar unos formularios. Me pareció un buen momento para acercarme a él y preguntarle si todo estaba en orden. Él me tranquilizó y me dijo que había un pequeño problema con la invitación que me hizo para el visado, pero que la mujer gritaba así sencillamente porque no quería trabajar más, que se acercaba la hora de cierre y ella decía que no estaba dispuesta a esperar a que termináramos de rellenar los papeles. Me aconsejó que me fuera a dar un paseo mientras terminaba de solucionar el asunto, después de garantizarme de nuevo que no pasaba nada grave. Yo no las tenía todas conmigo, pero me pareció lo más sensato poner tierra de por medio entre mi cuello y esa funcionaria con disfunción sexual de larga duración. 

Nikol'skaya ulitsa salía directamente a la Plaza Roja, y como hasta entonces sólo la había visto de noche, me pareció una buena idea acercarme a admirarla bajo las luces del atardecer, si bien hacía una ventolera de aúpa que por un instante me hizo considerar la opción de volver a la oficina de correos con la funcionaria histérica... No, no, quita, mejor a la Plaza Roja, con viento o sin él. Apenas unos pasos y una vez más apareció ante mis ojos la impactante vista de la Catedral de San Basilio y las murallas del Kremlin. Me llamó la atención ver la plaza totalmente vacía de turistas o transeuntes; al acercarme más vi que el acceso a ella estaba vallado y algunos policías vigilaban con cara de hastío. Decidido a practicar algo de ruso espontáneo, me acerqué a uno de ellos y le pregunté la razón del cierre. No me enteré de gran cosa, pero deduje que alguien importante tenía que pasar por ahí en breves momentos, posiblemente algún pez gordo que saliera de los palacios gubernamentales del Kremlin. Aproveché para sacar algunas fotografías de la plaza vacía y de la impresionante Catedral proyectada contra un cielo que empezaba a mostrar los cálidos colores del atardecer, que se combinaban a la perfección con el cromatismo de la iglesia. Pero el viento gélido no tardó en hacerse insoportable, de modo que me pareció buena idea aprovechar para visitar la caprichosa Catedral de Kazan', que hacía esquina con Nikol'skaya ulitsa. 

En el interior, la Catedral resultaba cálida y acogedora, lo cual tampoco hubiera sido muy difícil, dado el agreste viento que soplaba sin descanso en la Plaza Roja. La luz de las incontables velas se reflejaba con tibieza en los grabados ocres de las paredes y titilaba rítmicamente en los caracteres cirílicos dorados de las glosas que salpicaban los muros. Algunos fieles, sobre todo mujeres mayores, se santiguaban según el ritual ortodoxo, repetidas veces y primero en el hombro derecho, con un rictus inexpresivo pero movimientos nerviosos y devotos. Había algo en esas personas que me inquietaba a la vez que me conmovía. Recordaba irremediablemente la Catedral Ortodoxa de Belgrado, con los feligreses arrodillados en actitud de sumisa atención mientras sonaba música de ultratumba. Y a la vez, parecía como si aquellas personas se refugiaran en su fé como única vía de escape a las duras condiciones de una nación aún alejada de muchas libertades a las que nosotros estamos tan acostumbrados, y no pude evitar sentir una pena que ni yo mismo alcanzaba a comprender por aquellas mujeres, ajadas de arrugas, envueltas en sus pañuelos seguramente bordados a mano. Al salir a la Plaza Roja, todavía pensativo, reparé en una mendiga que pedía a la puerta de la Catedral. Sentí como si aquella mujer personificara las miserias que se acababan de arremolinar en mi mente al ver el fervor de la fé ortodoxa. Le puse una moneda de 10 rublos en su mano cubierta por un mitón negro deshilachado y volví a la oficina de correos. 

Según entré me dio la bienvenida una mirada asesina de la funcionaria oronda. Pasé de largo no sin cierto miedo y me dirigí hacia Dima, que examinaba los papeles en una mesa. Sin darme más explicaciones me dijo que lo mejor sería ir a otra oficina que abriera hasta más tarde para evitar problemas con burócratas histéricos, de modo que nos pusimos en marcha hacia la oficina de Tverskaya ulitsa. Pero algo se interponía entre nosotros y la oficina de Tverskaya: el más grande y opulento centro comercial de Moscú y de Rusia, una suerte de Harrods, Galerie LaFayette o KaDeWe a la soviética, que se erigía exultante en el lado oeste de la Plaza Roja. Era el ГУМ, Государственный универсальный магазин (Gosudarstvenniy universal'niy magazin o GUM), el Centro Comercial Estatal de Rusia. La idea de visitarlo ganó por goleada a las prisas por acabar los trámites burocráticos, y de pronto nos encontrábamos paseando por aquellas engalanadas galerías distribuídas en tres pisos, salpicadas de rincones ocultos, fuentes, puestos de golosinas, arcos de flores y las tiendas y marcas más chic del país, incluídas, como no, muchas exportadas del extranjero. Como siempre que entro en un establecimiento caro me invadió esa sensación tan incómoda de vivir la vida detrás de un cristal a través del cual puedes ver todo lo que hay, pero que si intentas extender la mano para cogerlo te encuentras con el frío vidrio. Si aprietas mucho te puedes romper las uñas, de modo que en esta ocasión me conformé con dejar las manos quietas y limitarme a admirar esa arquitectura tan soviética que albergaba un universo tan capitalista, un universo que unos años antes hubiera sido impensable.



Al pasar al lado de un segurata me imaginé a la milicia rusa persiguiéndome por una calle sucia de Moscú por no tener el registro como turista y me entró la paranoia, de modo que Dima y yo nos dirigimos a la oficina de correos de Tverskaya ulitsa. Dima volvió a hacerse cargo de la situación e intercambió algunas palabras con la funcionaria de turno, sólo para volverse hacia mí con cara de pocos amigos. Con un suspiro de resignación me contó que el dichoso registro en Moscú me lo tendría que hacer un ciudadano ruso residente y nacido en Moscú, lo cual le descartaba a él, que había sido inscrito en Belgorod a poco de nacer. Había llamado a un amigo suyo para que se encargara de firmar los papeles, y debíamos encontrarnos con él en otra oficina de correos cerca de Chistie prudy. La verdad, yo no sabía donde meterme. Me sentía fatal por hacer a Dima dar tantas vueltas y encima tener que involucrar a una tercera persona que no me conocía de nada. Curiosamente, Dima parecía tener una actitud muy relajada, resignada, al respecto, como si los trámites burocráticos eternos e incómodos fueran el pan de cada día para los rusos, probablemente en muchos más aspectos que una simple visita turística. 

En la estación de Chistie prudy esperaba Igor, el amigo moscovita de Dima que por azares del destino y de la burrocracia iba a darme la llave para poder estar en Moscú sin miedo a tener que sobornar a un policía si le diera por pedirme la identificación. Al salir a la superficie tuve otro de mis momentos de turista de bofetón: en un enorme cartel publicitario frente a la estación de metro aparecía brillante, flamboyante y estrambótica Verka Serduchka, y yo no había podido reprimir un grito de emoción (y por supuesto mi cámara de fotos pareció saltar en mi mano, bajo la mirada de exasperación del pobre Dima). Pasamos de Verka y llegamos a la oficina de correos, que estaba en plena efervescencia aunque hacía rato que había oscurecido y se acercaban las nueve de la noche. Ni por esas nos libramos de guardar cola y rellenar tres o cuatro copias de formularios interminables que Dima e Igor fueron lo suficientemente pacientes como para traducirme sobre la marcha. Por fin, tras tres burrocráticos cuartos de hora, la hostil funcionaria de detrás de la ventanilla me alargó un papelucho que tendría que guardar como oro en paño hasta mi regreso a Berlín. Era el momento de olvidarse por fin de trámites, esperas y burócratas orondas y antipáticas, y qué mejor manera que una buena cena en otro de los bares gay-friendly de Moscú, el Filial. Con el estómago lleno y después de rematar con sendos chupitos soviet kitsch de vodka, la anécdota de la funcionaria agresiva de Nikol'skaya ulitsa parecía hasta tener su gracia, lo cual no impediría a Dima ponerle una denuncia formal en la página web del servicio ruso de correos al día siguiente. Había pensado en pagar la cena como agradecimiento a la paciencia con la que habían resuelto mis follones burocráticos, pero cuando llegó la cuenta Igor fue el más rápido y no admitió discusiones. ¿Quién dijo que los rusos eran agarrados, fríos y austeros? Bueno, quizá los funcionarios de correos. 

P.S. Cosas de la vida, meses después de mi periplo por Moscú, en la biblioteca donde escribo estas líneas acabo de abrir el Grindr en mi propio y deslumbrante smartphone nuevo. Al menos en Salamanca, su utilidad brilla por su ausencia: en la pantalla aparecen siempre las mismas caras.  

Thursday, 31 March 2011

Из России с любовью (II): Reencuentros en cirílico arcaico

El día amaneció, cauteloso y blanquecino, tras las cortinas soviet kitsch del apartamento. Al despertar tardé una milésima de segundo en darme cuenta de dónde estaba, el tiempo que tardé en ver a Dima durmiendo a mi lado. Igual que el día anterior, en mi cerebro se libraba una breve batalla interna entre la parte de mí que, idealista y soñadora, quería quedarse al abrigo de la manta, en aquellos brazos que me rodeaban con recatada ternura, y la parte que, más práctica, deseaba llegar hasta los rincones más oscuros y recónditos de Moscú. Y, lógicamente, había mucho que visitar.

Nuestra primera parada era el Kremlin, el corazón de la capital y de la Gran Rus. La línea Arbatsko-Pokrovskaya nos llevó hasta la céntrica estación de Arbatskaya. En el metro de Moscú no es habitual que una estación aglomere varias líneas, sino que el andén de cada línea es una estación distinta, con su propio nombre, aunque esté interconectada con otras. Arbatskaya forma el complejo de estaciones interconectadas más grande de la ciudad junto con Borovitskaya, Aleksandrovsy Sad y Biblioteka imeni Lenina, la estación a través de la cual salimos al exterior. Nos recibió como una bofetada una fuerte y repentina ventisca de nieve y viento. La gente apretaba el paso o trataba de refugiarse bajo los soportales de la estación de metro. En el momento en que me fascinaba la belleza de la ciudad engullida por el frío del norte a la vez que me cagaba en todos sus muertos porque me estaba congelando, sonó mi flamante móvil ruso. Respondí a la llamada, ilusionado: era Rita Artyushina, una de las chicas rusas que había conocido en el curso de verano de Heidelberg el año pasado. La tarde anterior, en casa de Dima, me había encargado de envíar mi nuevo número a toda la gente que tenía ganas de ver en Moscú, y Rita fue la primera en responder. Con esa loca alegría tan típica de ella y en una macarrónica mezcla de ruso e inglés partidos por el viento gélido, acordamos en vernos por la tarde.

La entrada al Kremlin quedaba a pocos minutos de la estación de metro. Para cuando llegamos, la ventisca había amainado y nos pusimos a la cola frente a la imponente Torre de la Trinidad (Троицкая башня, Troitskaya bashnya). Frente a nosotros guardaban la fila un grupo de niños de un colegio, a los que la profesora trataba de mantener unidos a grito pelado (Ilya, ne ukhodi! Volodya, idi syuda srazu!). No pude dejar de notar que dos de ellos, con la pinta inconfundible de ser los chulitos de la clase, cuchicheaban entre risas mirándome y señalando mi corte de pelo con muy poca discreción, aunque no le di mayor importancia. Al pasar el arco de metales del control de seguridad me encontré en el puente que daba acceso al Kremlin a través de la Troitskaya, y de pronto se me olvidó el frío que hacía y lo incómodas que resultaban las ráfagas de viento; sólo tenía ojos para capturar tantas perspectivas de aquél monumento como me fuera posible.

El Kremlin, como prácticamente todo en Moscú, queda en gran parte definido por una palabra que le pega mucho a la capital rusa: ogromniy, enorme, impresionante, colosal. Al cruzar el puente y la muralla nos encontrábamos en una esplanada amplísima. A la derecha se alzaba el Palacio Estatal, sede de tantos congresos del Partido Comunista durante la CCCP. Un poco más adelante y a la izquierda, el Senado.Y todavía más allá, pasado el Palacio, se elevaban las múltiples catedrales e iglesias que forman parte la fortaleza y que hacen del Kremlin un complejo monumental Patrimonio de la Humanidad. Un cañón de grandes dimensiones, teñido de verde musgoso por la humedad, apuntaba amenazador hacia el Senado; se trataba del Cañón del Zar, el más grande jamás fabricado. A su lado, majestuosa, la Campana del Zar, reconocida en el Libro Guinness como la mayor del mundo, pero que curiosamente jamás ha cumplido su función de tañir. Curioso ejemplo de record poco o nada práctico... Sin saber por qué se me vino a la cabeza, casi sin poder evitarlo, la burocracia rusa, abundante e increiblemente molesta pero absolutamente inútil. Sin embargo, no era ni el momento ni el lugar para pensamientos cínicos, así que preferí abstraerme un poco y traté de imaginar en qué estado podría quedar una fortaleza si una de las pedazo balas de ese inmenso cañón que tenía delante impactase contra ella, o a qué distancia se podría llegar a oir el tañido de aquella campana descomunal que nunca había sonado...




Algunas ciudades se enorgullecen de tener una sola catedral. He perdido la cuenta de cuántas vi en Moscú, y ya mejor ni entrar a contar las que quedarán que no vi. Sólo en aquella plaza inmensa contenida dentro del Kremlin había tres: la Anunciación, la Asunción y la del Arcángel, a parte de varias iglesias más pequeñas con nombres demasiado largos como el de la Iglesia de la Deposición de la Túnica de la Santa Virgen (bastante más corto en ruso: Церковь Ризоположения, Tserkov' Rizopolozheniya). No recuerdo cuál era cuál porque todas eran muy parecidas: altos muros blancos y cúpulas doradas de estilo bizantino.
El número de cúpulas y la altura de las torres variaba de una iglesia a otra, pero sinceramente estaba demasiado ocupado admirando el arte
bizantino como para quedarme con todos los nombres, tanto más en cuanto que, como agnóstico consecuente, las catedrales del Kremlin me interesaban exclusivamente por su valor artístico. La torre más alta pertenecía al Campanario de Iván el Grande, del que se rumorea que está en el centro geográfico exacto de Moscú. Durante muchos años el edificio más alto de la ciudad, se construyó para compensar la falta de campanarios propios de las tres catedrales, que curiosamente comparten las campanas de esa altísima torre ajena a ellas.


Una tras otra, Dima y yo fuimos entrando en todos los santuarios en que se permitía acceder a los turistas. En la entrada de cada uno de ellos un oficial comprobaba escrupulosamente y sellaba el ticket y vigilaba que nadie hiciera fotografías dentro del templo. El interior de aquellas iglesias me recordó mucho a la primera catedral ortodoxa que había visto en mi vida, dos años antes en Belgrado. Todas tenían en común un estilo más bien sobrio y austero, si bien los iconos aquí estaban más trabajados que los que vi en la capital serbia, los colores (todos en tonos ocres y rojizos) eran algo más vivos y había más luz, lo que creaba un ambiente mucho más acogedor y espiritual que en la catedral de Belgrado, que por oscura y siniestra me dio la impresión de ser el lugar idóneo para una secta satánica. Una de las iglesias (no recuerdo exactamente cuál) era un panteón en el que descansaban los restos de principes de la antigua Rus. Las tumbas estaban delicadamente decoradas con hermosas glosas en eslavo antiguo, el idioma del Cantar de las Huestes de Igor, escritas en un alfabeto cirílico arcaico bellísimo, que en sus formas se acercaba incluso a la escritura árabe, pero en su mayoría ininteligible para mí. Intrigado, le pedí a Dima que me leyera alguna frase para ver cómo sonaba, a lo que me contestó que incluso para un ruso nativo resulta difícil leer algunas de esas letras en desuso. Al cabo de un rato intentando sacar algo en claro aquellos galimatías se me dibujó una gran sonrisa al conseguir identificar algunos de los símbolos extraños comparándolos con las plaquitas explicativas en ruso moderno, y deseé más que nunca seguir estudiando ese precioso idioma, y quizás algún día hasta sería capaz de leer las Byliny en su versión original, o de volver a Moscú y mirar aquellas glosas sin que su significado resultara un misterio para mí...

Para cuando terminamos de explorar el Kremlin la ventisca había vuelto a arreciar, por lo que decidimos que había llegado el momento de un buen café desgangrenante. Nos alejamos de la fortaleza a través de los jardines del Zar Alejandro, ahora marchitos y decaídos bajo aquella cortina de nieve. Intenté imaginar el aspecto espléndido que debía tener el jardín en plena primavera, pero el viento era cada vez más fuerte y me entumecía el cerebro y las yemas de los dedos. La cosa pintaba tan mal que nos metimos en la primera boca de metro que encontramos para llegar hasta Pushkinskaya ploshchad', donde por fin pudimos relajarnos un rato al calor de una taza de café. Pronto amainó la tormenta y el cielo pareció lo suficientemente amable como para salir y encaminarnos hacia el Arbat atravesando los boulevards Tverskoj y Nikitskiy. A pesar del frío resultó un paseo muy agradable: las copas de los árboles estaban cubiertas de escarcha y toda la calle blanca alrededor me trajo a la cabeza el Vals de los Copos de Nieve de Tchaikovsky. Bueno, al menos hasta
que uno de los grandes paneles publicitarios que flanqueaban el boulevard se cargara la magia del momento exhibiendo un cartel del grupo VIA Gra, un trío de... cantantes rusas a las que, a juzgar por su escasa "vestimenta", les gusta desafiar al frío en sus conciertos, y que algún año han intentado sin éxito representar a Rusia en Eurovisión. Como es natural, faltó tiempo para que, con un suspiro de resignación, Dima se viera en la penosa situación de sacarme una foto al lado del cartel. Sí, vale, en ocasiones tengo puntos de turista de bofetón, ya lo sé.

El Arbat es una larga calle peatonal que desde hace siglos ha sido un importante punto comercial en Moscú, y naturalmente sigue siéndolo hoy en día, a la manera actual: tropecientas tiendas de souvenirs con distintos nombres pero idéntica mercancía, una oficina de cambio cada dos pasos (al igual que en su día me sorprendió la cantidad de bancos que había en Polonia, me dejó impresionado la cantidad de oficinas de cambio que hay en la capital rusa, prácticamente una en cada calle, y todas ellas rondando la tasa 1 euro = 40 rublos, kopek arriba kopek abajo), y por supuesto la inevitable huella del capitalismo rampante contra el que Rusia había luchado con uñas y dientes hasta no muchos años atrás: sucursales de bancos internacionales, por lo menos dos Starbucks (perdón, Старбакс), y como irónico colofón, un Макдональдс al final de la calle (quien no sepa leer cirílico, que imagine una M maligna). En una de aquellas tiendas de souvenirs me enamoré de una matryoshka preciosa, delicadamente tallada, cuidada hasta el más mínimo detalle; cada muñeca tenía pintada una escena de un ballet de Tchaikovsky. Me quedé más tieso que la propia matryoshka cuando pregunté el precio: más de 32.000 rublos (unos 800 €). Y eso con el 20% de descuento ya aplicado, según me dijo la dependienta. Fue un consuelo salir a la calle y encontrar a apenas unos metros del Starbucks un puesto ambulante de libros de segunda mano, a unos 30 rublos por libro (75 céntimos), posiblemente lo más auténtico que había en el Arbat aquella tarde lluviosa. 

Pasada la M maligna, el Arbat sale al Sadovoye kol'tso, la más central de las rondas que rodean la capital de forma concéntrica. Allí ante mis ojos quedó una descomunal torre de oficinas de inconfundible estilo stalinista, con el escudo de la CCCP emblasonado en los pisos superiores, justo debajo de la aguja. Dima me dijo que era la sede del Ministerio de Asuntos Exteriores de Rusia, y que edificios prácticamente igual que ese había siete en todo Moscú, y son conocidos como "Las Siete Hermanas". El frío y la lluvia habían vuelto con toda su crudeza pero yo tenía que sacarle alguna foto a aquél coloso soviético antes de meternos en la cafetería más cercana que encontramos al calor de otro café desgangrenante. 


Se acercaban las 7 de la tarde y había quedado con Rita en encontrarnos a esa hora en la estacion Mendeleevskaya, de modo que una vez recargadas las pilas a base de chutes de cafeína Dima y yo nos pusimos en camino. Rita me había escrito que Dasha no podría venir, pero que Sasha sí que iría, y estaba impaciente por verlas a las dos mientras me paseaba de un lado a otro del andén y los moscovitas a mi alrededor iban y venían, serios, con ganas de subir al tren y llegar a su casa a relajarse después del trabajo. Justo cuando Dima me sugería llamar a mi amiga por teléfono para ver si habían llegado ya, la ví esperando junto con Sasha al lado de una columna. Contra todo protocolo soviético de estación de metro, Rita y yo nos saludamos y abrazamos ruidosa y escandalosamente, tal y como nos habíamos conocido en Heidelberg. Por un momento me vino claramente a la cabeza esa escena de la película Stilyagi en la que los protagonistas, desafiando las estrictas normas sociales de la CCCP, corrían despreocupados y jubilosos hacia el último metro del día mientras los grises moscovitas les lanzaban miradas de reproche. Me pregunté fugazmente si Dima, tímido y frío como aparentaba ser, reprobaría mi actitud tan desenfadada, pero luego en el café al que fuimos a tomar algo con las chicas comprobé con cierto alivio que se sentía relajado y a gusto con ellas. En realidad me preocupaba ligeramente la posibilidad de que la personalidad alocada y extrovertida de Rita chocara con la timidez de Dima y el ambiente resultara incómodo para todos, y me alegré mucho de que no fuera así. Pasé un rato muy agradable recordando con las chicas aquél verano inolvidable en Heidelberg (la loca discoteca de Neuenheimer Feld, el bar de absenta, los discursos filosóficos de nuestro amigo Alex Zawodniak cuando llevaba dos copas de más...) y la breve visita de Dasha y Rita a Berlín, con el ritual de la sambuca y el breve idilio entre Rita y Nick, mi compañero de piso, que había acabado de forma abrupta cuando Nick se enamoró de una chica de Berlín. En un momento en que Dima fue al servicio, en medio de marujiles risitas tontas, no pudimos evitar comentar lo guapo y lo tímido que era. El tiempo pasó volando, como siempre durante los buenos ratos, y pronto tuvimos que recogernos para coger el metro a casa antes de que cerraran las líneas. De vuelta en la estación reparé con una sonrisa en la curiosa forma de las lámparas que iluminaban los enormes andenes; claro, estación Mendeleevskaya...



Estaba realmente agotado después de aquél largo día. No veía el momento de llegar a casa y descansar toda la noche. Aunque, pensándolo bien, en el programa de esta noche bien cabían otras opciones, si Dima estaba de acuerdo...

 

Из России с любовью (I): Soviet kitsch

22 de marzo. 8:24 de la mañana. Amanece en Berlín: la primavera recién estrenada anunciaba un día soleado, espléndido, ideal para irse con la bici hasta Müggelsee, Wannsee, o los bosques de Köpenick.

Sin embargo, yo y mi maleta cargada de ilusiones y expectativas (y cerrada con mucha dificultad a eso de las 5 de la madrugada), teníamos otros planes. En la estación de U-Bahn Möckernbrücke, último repaso: pasaporte con visado incluído, billete, cámara de fotos, móvil, iPod... Все в порядке. Todo en orden. Un corto trayecto en la U7 hasta Jakob-Kaiser-Platz y bus X9, lleno de ejecutivos trajeados y algún que otro backpacker, hasta el aeropuerto de Tegel. Me había asegurado de llegar con tiempo de sobra para poder comprar algún detalle para Dima y unos auriculares nuevos para asegurarme de que este viaje tuviera su imprescindible banda sonora. 

Después de facturar y pasar por los tediosos controles de seguridad me senté a esperar a que llamaran para embarcar. A 30 minutos de la salida del avión, con t.A.T.u. sonando en el iPod, los operarios abrieron la puerta de embarque. A diferencia de casi todos los vuelos que había cogido hasta ahora, en los que se podía oir una variada mezcla de idiomas en la cola, aquél día sólo se oía a la gente cuchicheando en ruso. El embarque fue rápido y al cabo de unos minutos el Boeing de AirBerlin con destino a Moscú se elevaba sobre la ciudad que despertaba miles de metros por debajo de nosotros.

Cuando viajo en avión me gusta relajarme y disfrutar del viaje; encontrar formas caprichosas en las nubes, adivinar ciudades y accidentes geográficos que se ven si el día está despejado... Pero esta ocasión tenía ganas de que el vuelo transcurriese rápido. Y como suele ocurrir cuando esperas que el tiempo avance deprisa, sucede lo contrario y los minutos se hacen eternos, así que aquél vuelo de apenas 2 horas y media pareció durar por lo menos 6. Y por fin el avión se escoró ligeramente hacia abajo y las azafatas empezaron a asegurarse de que todos apagábamos nuestros aparatos electrónicos para aterrizar. Pero yo nunca apago mi iPod durante los aterrizajes, me resulta emocionante tocar tierra con la banda sonora adecuada. Y la banda sonora adecuada para este momento era el Finale de la Suite Pirogov de Shostakovich.
Las densas nubes que cubrían el oblast de Moscú se fueron abriendo lentamente al comienzo de la música que, intrigante y misteriosa, comenzaba a construír su melodía. Con las primeras líneas melódicas entraron los vientos y se difuminó la última nube, y ante mis ojos apareció la nevada Rusia, helada todavía en el mes de marzo. Las casitas con los tejados espolvoreados de blanco, los coches que circulaban por las anchas autopistas que rodean la capital y los campos de verde oscuro con parches de nieve se acercaban cada vez más mientras la orquesta se alegraba y se aproximaba de forma inminente a su clímax. Y de pronto la pista de aterrizaje del aeropuerto de Domodedovo quedó a la vista, y al son de los últimos compases brillantes de la suite el avión tocó tierra y se detuvo ante la terminal. No era una fantasía: estaba en Rusia, a pocos kilómetros de aquella ciudad a la que deseaba ir desde hacía ya algunos años, y no cabía en mí de ganas de ver carteles en alfabeto cirílico, atravesar los suburbios de la capital rusa hasta llegar al centro y, sobre todo, de encontrarme con Dima.

Con el himno de Rusia sonando en mi iPod (en ocasiones me sorprendo y hasta me avergüenzo de mis propias incoherencias cuando se trata de himnos que consiguen emocionarme) llegué al control de pasaportes. El trámite fue más rápido de lo que me esperaba, si bien el controlador aduanero comprobó concienzudamente mi visado antes de ponerle el sello y permitirme la entrada. Ya en la terminal me dirigí al mostrador de British Airways, donde Dima me dijo que me esperaría. Mientras atravesaba el enorme aeropuerto me preguntaba en qué lugar exactamente habría estallado aquella bomba que se llevó por delante las vidas de 35 personas hacía apenas unas semanas. En la terminal había multitud de taxistas que ofrecían sus servicios a los recién llegados (en Rusia los taxis no llevan taxímetro, sino que hay que convenir el precio con el conductor antes del trayecto). Después de rechazar a 3 o 4 taxistas vi a Dima ante el mostrador de British Airways; llevaba la bandolera que compró en Berlín durante su última visita, el móvil en la mano, y estaba guapísimo con esa chaqueta de cuero. Al verme me sonrió, nos saludamos con un tímido y recatado abrazo y fuimos hasta la estación de tren del aeropuerto para tomar el Aeroexpress hasta Moscú.

El Aeroexpress me recordó vagamente a aquellos trenes polacos con los asientos empolvados y anticuados. El trayecto hasta el centro de Moscú duraba cerca de una hora, pero toda la periferia de la ciudad es inmensa  y se extiende más de 50 km de norte a sur, de modo que enseguida pude ver los enormes y característicos bloques de apartamentos típicos de las ciudades soviéticas. Las vías del tren circulaban prácticamente a nivel de la calle y no estaban separadas de ésta por una valla, y los peatones paseaban tranquilamente a escasos metros de éstas. Cuando, sorprendido, se lo comenté a Dima, él me contestó que no había peligro alguno siempre y cuando no caminaras por la propia vía, y el tono acostumbrado con que lo dijo me desconcertó todavía más. No tardamos en llegar a la estación de Paveletsky, en la que nos apeamos del tren y descendimos a coger el metro. El metro... casi podía notar mi cámara de fotos saltando de felicidad en mi bolso de mano.

La estación de Paveletsky es de las más discretas que componen la red de metro, y aún así es impresionante. Rondaban las 5 de la tarde y los andenes estaban atestados de gente que salía del trabajo ansiosa por regresar a casa. Nunca hasta entonces había visto trenes tan a rebosar, ni siquiera en Londres. Cada 2 minutos, quizá incluso menos, pasaba un tren, y sin embargo pasó un rato hasta que llegó uno en el que pudimos apretarnos una maleta, Dima y yo. Dos paradas en la línea Zamoskvoretskaya, transbordo en la Plaza de la Revolución a la línea Arbatsko-Pokrovskaya y por fin llegamos a la estación Partizanskaya, el el okrug Este, cerca del apartamento de mi amigo. Durante unos 10 minutos caminamos por calles anchas y embarradas: parte de la nieve empezaba a fundirse y la ciudad tenía un aspecto antipático, como si el invierno se hubiera cebado con ella y se resistiera a marcharse. Me invadió una sensación extraña, parecida a la que sentí en Belgrado hace 2 años, cómo si aquella gran ciudad, capital del que fuera un enorme imperio, quisiera intimidar a través de su grandeza. Y, sin embargo, había mucha fachada en esa grandeza: de cerca, aquellos enormes edificios se veían antiguos y agrietados, las calles estaban sucias y llenas de baches y los peatones tenían el semblante serio y duro que caracteriza a muchos europeos del Este, el mismo semblante que Dima mostraba en su rostro mientras caminaba a mi lado, pero que se iluminaba con una tímida sonrisa de complicidad cuando nuestras miradas se cruzaban en un instante. En una de esas miradas furtivas mientras atravesávamos el paseo Okruzhnoj me di cuenta de que Moscú también se mostraría más amable cuando la conociera un poco mejor. Bueno, tenía una semana para ello.

Giramos a la izquierda y llegamos al bloque donde vive Dima. El portal era tan soviético como el resto del edificio: los buzones estaban torcidos y destartalados, el ascensor rugía escandalosamente al subir y bajar y el papel pintado de las paredes se desprendía a trozos. Soviet kitsch total, y cómo no, me provocó una especie de placer culpable. Un placer culpable que se intensificó al entrar al apartamento de Dima, que me trasladó por un instante a la película Moscú no cree en lágrimas: alfombras anticuadas, paredes con descorchones, cortinas empolvadas y los muebles con el estampados pasados de moda. Y a pesar de todo, hogareño y extrañamente encantador. Eran las 6, la noche ya había caído como un manto sobre la ciudad, y parte de mí quería quedarse en el sofá con Dima bajo una manta, pero otra parte más fuerte quería salir a recibir las primeras impresiones de Moscú, y finalmente fue esta última la que ganó la disputa mental.



De nuevo Dima y yo tomamos el metro hasta la estación Площадь Революции (Ploshchad' Revolyutsii, Plaza de la Revolución). Al salir de la estación nos dio la bienvenida el magnífico Teatro Bolshoi, en el que algún día puedo prometer y prometo que veré El Cascanueces o El Lago de los Cisnes (no pudo ser en esta ocasión, viajaba en plan presupuestario-estudiantil y el Bolshoi no es precisamente barato).

Mientras atravesábamos la Plaza de la Revolución le pregunté a Dima si estábamos muy lejos de la Plaza Roja. Con una de sus sonrisas tímidas, me señaló el enorme edificio rojo que teníamos a nuestra izquierda y me dijo que la Plaza Roja se encontraba justo detrás, y que allí nos dirigíamos. Aquello me pilló completamente desprevenido, de algún modo me había imaginado llegar al corazón de Moscú como una suerte de "premio" tras un largo paseo por las frías calles moscovitas, pero lo cierto es que estaba ahí, a apenas unos metros de distancia. El corazón me latió con fuerza cuando giramos a la izquierda y quedamos de frente a una gran puerta roja de dos arcadas: las Puertas del Domingo (Воскресенье Ворота, Voskresenye Vorota).


Y allí al fondo, a través de la arcada de la derecha, estaba ese gran "premio" a años de espera para llegar a Moscú y verlo en vivo; a través de las Puertas del Domingo, ante nosotros se extendía la Plaza Roja (Красная Площадь, Krasnaya Ploshchad'), enorme y magistral. A nuestra izquierda, el ГУМ (GUM), la galería comercial más grande y lujosa de Rusia brillaba, como si fuera Navidad, engalanada con multitud de luces.



A la derecha, de un rojo vivo, las murallas del Kremlin, con aquella gigantesca torre de vigía, y el mausoleo del gran Lenin, cuidadosamente vallado y con las letras Л Е Н И Н en marmol oscuro.



Y allá, al final de la plaza, como si de una colosal tarta de fresa se tratara, se alzaba majestuosa la Catedral de San Basilio, brillando espléndida en la noche moscovita con sus cúpulas de colores caprichosos. Y de pronto, al estar allí frente a la catedral ortodoxa más icónica de Rusia y del mundo, con aquel chico rubio de ojos azules a mi lado, todo cayó sobre mí como una lluvia de júbilo: estaba en Moscú, en la mismísima Plaza Roja, y un sueño más se hacía realidad.


Me hubiera pasado horas paseando de un lado a otro de la Plaza y tratando de admirar la Catedral, el Mausoleo y cada rincón desde cualquier ángulo posible, pero realmente el clima no acompañaba mucho y había empezado a nevar ligeramente, de modo que decidimos que era el momento de ir a cenar a algún sitio cálido. Los mercaderes de la Plaza de la Revolución habían empezado a recoger sus puestos ambulantes con matryoshkas y otros recuerdos soviet kitsch, seguramente más por lo tarde que era que por el frío, me dio por pensar. Tras una última mirada a la Plaza Roja y un corto y gélido paseo llegamos a Тverskaya ulitsa (Тверская улица), la calle más ajetreada y animada de Moscú. Dima me había conseguido un viejo teléfono prestado de un amigo suyo que no lo necesitaba y me aconsejó comprar una tarjeta SIM, ya que las tarifas en Rusia son baratísimas. Bueno, eso de viejo es un decir, porque era un señor smartphone que ya lo querría yo para mí... Compré una tarjeta con un saldo de 300 rublos (unos 15 euros) con una tarifa de rublo y medio (2,5 céntimos) por minuto o mensaje. ¡Tirado! +7 (8) 903 734 12 45. Yo con número de teléfono ruso... Qué ilusión más tonta, pero ¡qué ilusión!

Entramos a cenar a un restaurante de comida rápida rusa llamado Teremok, cuya especialidad son los bliny, una especie de crêpes que se comen dulces o saladas. Un blin de cerezas ácidas con un vaso de kvas (especie de cerveza rusa sin alcohol) fue el toque final una prometedora bienvenida a Moscú. O casi final, ya que la guinda del pastel llegaría un rato más tarde, de vuelta al apartamento, lejos de miradas acusadoras o inquisitivas, al abrigo de una manta, sin necesidad de mostrar al mundo un semblante serio y sometido por una sociedad difícil...

Добрый вечер, Москва. Спокойной ночи, мой милый друг.